La fabrica de los recuerdos

Manuela Serrano
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  • Dice que me ponía las rodajas de mortadela de pulseras... Que las doblaba por la mitad, las mordía en el centro y que les hacía un agujerito. Que, con la patata chafada del hervido, me hacía mascarillas que me aplicaba en cara y brazos, hasta los codos. Que una noche no había forma de dormirme y que me amenazó -la única vez en su vida- con el hombre del saco, y entonces yo hice toc-toc en la pared y dije: ‘Hombre del saco, ven a po’la mamá”. Y que seguí sin dormír, ni dejarles pegar ojo. Me cuenta esas cosas ahora que hablamos tanto por teléfono mi madre y yo, que son historias que ya me sabía, pero que me saben a nuevas. Su relato rescata siempre otros recuerdos de niña, de tardes en la cocina con las manos de barro, en las que mi madre cubría con un hule la mesa camilla y ponía encima un bloque de arcilla húmedo y hacíamos los palotes que nuestros deditos eran capaces de modelar. Memorias de otros días, como aquel que forró en beig y marrón una caja de zapatos con restos del papel de empapelar y la transformó en un armario para la muñeca Cindy -marca blanca de la Nancy-, con un palito de madera atravesado y todo, donde colgábamos la ropa que ella misma había diseñado, cortado y cosido: falditas, chaquetitas y bufandas de los retales que hay siempre por casa de las modistas y bordadoras.

    No sé si te ha pasado estos días de confinamiento, con tanto tiempo entre las manos de repente, que los recuerdos se han convertido en una espece de rollo de plástico de burbujas y no podías parar de ‘explotarlos’ uno tras otro... Recuerdo un día que mi madre sacó un émbolo de madera y un cilindro de metal, que a mí me parecía tecnología punta, y mezcló agua con harina y, apretando el émbolo contra su cuerpo, empezó a salir masa que hacía cxrish-cxrish al caer en aceite hirviendo. Se suman mas momentos con mi padre, que nos falta desde 2002 y cuyo recuerdo ha sido aún más intenso cada día. Recuerdo que nos hacía paellas en el hornillo de la cocina y convertía un miércoles en domingo, porque en Valencia las paellas son domingo o celebración. Y que nos hacía paellas de coliflor, de bacalao, de alcachofa, de pollo y conejo, y con caracoles que había traído él mismo de La Calderona y que sabían a romero. Luego de esas paellas, tras un juego de noes y síes, me llevaba al cole con su Dyane 6 azul clarito, “El Rayo”, como llamó al primer vehículo que tuvo de cuatro ruedas tras años de pasar frío en uno de dos. No había niña más feliz en Massamagrell. 

    Mucho más tarde supe que esos días de hule, churros y paellas, eran días muy difíciles. Esos días de lluvia, mi padre, labrador, no cobraba el jornal porque en el campo no se cobra cuando llueve. Y en invierno llovía bastante entonces. Esos días felices para mí, eran la máxima preocupación para ambos. Y aún ahora, en este momento, por muchos recuerdos que exploto estos días de confinamiento, en los que tanto ha llovido también, y en los que tantas paellas en sartenes he cocinado haciendo domingos a diario, no hallo muestras de desazón, angustia o temor de aquella infancia. Todas las dificultades que pasaron las conocí años después, como tantas cuitas silenciadas que te conté en otros Fémures (aquí y aquí). Las supe y entendí a la vez la importancia que tiene la infancia en la construcción de tu proyecto de vida. La infancia es para mí un territorio sagrado, y no hablo de sobreprotección, sino de cuidado, de mimo, de amor, en definitiva, porque es la base principal sobre la que se asienta el futuro. Así lo siento yo. 

    Estos días de #QuedateEnCasa me he inclinado ante esa base para sostenerme mejor y he revivido momentos muy especiales. Y he podido hacerlo en gran medida gracias a mi madre, que con 83 años ha elegido la actitud de aquellos días para afrontar este repentino confinamiento en soledad. Y tiene un mérito extraordinario, porque su base lleva inscrita mucha hambre y miedo de postguerra y, aun así, ha elegido no preocuparnos a mí y a mis hermanos. Ha sacado el coraje que mostró ya de niña cuando buscaba aceitunas como desayuno entre la escarcha de Martos para resistir este situación, a una edad en la que se merece toda la calma del mundo. Y ha limpiado pinceles y ha pintado camisetas con flores para apoyar la Sanidad Pública. Y ha hecho ‘cruzadas’ y buscado palabras escondidas. Y ha moldeado arcilla y ha hecho mucho más que palotes. Y ha cogido la tablet, ese aparato que le parecía 'maligno' y con el que ahora se informa, hace gimnasia y nos habla por video conferencia. Mi madre nos ha enviado fotos de flores de su terraza y de verduras salteadas y de sus deberes de pintura y de las monas de Pascua que no me he comido. Y hasta de un pequeño golpe que se dio en la mano y que no era nada, que no era nada, que tenía que salir a aplaudir. Y ha cosido mascarillas con los benditos retales que aún guarda y está saliendo adelante, tan frágil de salud desde hace años, sin sumarnos un gramo extra de preocupación y pena, que las tiene, igual que las tenía entonces. En una de nuestras conversaciones al inicio del confinamiento, me dijo: “Una me toca, hija. Lo único que me daría pena sería morirme sola después de todo, y teniendo tantas personas que me quieren. Os daría un gran disgusto”.  

    Escuchando a mi madre siento que no acabamos de soltar el delicado hilo que nos une a la infancia mientras nuestras mayores siguen vivos, esos mayores que hemos perdido ahora a millares y a los que habrá que ir llorando poco a poco desde esta orfandad colectiva de la que aún no somos conscientes. Estos días de confinamiento, de tanta lluvia también, ovillada a mi madre por teléfono, he vuelto a sentirme de una manera que hacía años no me sentía: hija. A mis cincuenta y pocos años he revisitado aquella niña cuidada y protegida gracias a la entereza de mi madre. Estos días de recuerdos explotados no he parado de pensar en las niñas y niños con sus madres y padres, cuidándolos mientras gestionaban el miedo y la incertidumbre por haber perdido el trabajos o por el peligro que sus trabajos significan en tiempos de pandemia. Tantas personitas llenando cocinas, salones y balcones, formulando preguntas y almacenando recuerdos sobre los que construirán sus vidas. Quiero pensar que saldrán de esta experiencia con el corazón cargadito de buenos recuerdos, ojalá sea así. Por eso, y a punto de iniciar esta compleja desescalada, en el que volveremos a nuestras realidades como quien vuelve del refugio a casa tras un tornado y mira con incredulidad como ha quedado todo, quiero expresar mi más profundo y sincero reconocimiento a esas madres y padres que lo han dado todo fabricando recuerdos felices para sus hijas e hijos. Quiero que sepan que estas memorias de infancia serán una herencia emocional valiosísima y que, un día, cuando sean mayores y el suelo se abra bajo sus pies, se sostendrán mejor gracias a ellos.

    Y a mi madre, que me lee, le doy las gracias una vez más por no rendirse nunca ❤️ 

    Esta canción es para ella 🌺🌸🌹🌼🌻🌷

     

    4 responses to “La fabrica de los recuerdos

    1. Hola Fany,
      Los que tengan o hayan tenido la suerte de recivir, compatir el amor de sus Padres y, mas tarde, con la edad que trae sabiduria savorearlo à altura de lo que supone realmente, à esas persons pues, les dice mucho lo que écrives aqui con tanto talento.
      Un abrazo y gracias.

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