Querida Inés, querida Paca…

erizo-maurizio
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  • Si pudiese elegir cómo disfrutar de una maravillosa tarde de domingo, pediría pasarla charlado con Inés y Paca, mis abuelas. De mi abuela paterna, ‘la abuela Paca’, como la llamaban, y a quien dicen que me parezco físicamente, tengo lo contado de mis padres y familiares que la conocieron. Fragmentos de cómo hacía caldo con un hueso atado a un hilo para hacer cocido para tres hijos y un marido que venían de la huerta comiéndose las piedras. Tenía carácter, decían. Con Inés, mi abuela materna, y a la que más disfruté porque vivía con nosotros, jugué lo que no está escrito de pequeña. Podría dibujar el intenso plata de su pelo fino, como manojo de seda, recogido en ese moño elegantísimo que se hacía, y que yo despeinaba una y otra vez dándole unos tirones que la desnucaba, y de los que nunca se quejaba. También puedo saborear casi la mezcla de plátano, naranja y galletas con la que se hacía papillas que yo me zampaba sin miramiento ninguno. Le pregunto mucho a mi madre por ella, le pido que me cuente cosas de su madre, de lo que sea, de lo que se acuerde... De cuando era joven, de cuando se casó con mi abuelo Francisco. Me encanta escuchar que Inés no quería ponerse el pañuelo en la cabeza como todas las mujeres del pueblo porque decía que ella ‘tenías ideas muy locas y no le daba la gana de sujetárselas con ‘ná’’. Y, a la vez, recupero en esas narraciones, 'gotas' de la memoria de mi madre, valiosísimas, como aquellas que te conté en Las gotas del silencio y en Picual hace algún tiempo.

    Lo que daría yo por ser nieta unas horas. Sólo eso, una nieta preguntona y curiosa que todavía busca respuestas y, por qué no, indaga en sus referentes femeninos familiares; modelos de donde aprender. Ser nieta es algo que he echado de menos a lo largo de mi vida. Perdí demasiado pronto a Paca y Vicent, y a Inés y Francisco. Es curioso como, cuanto más independiente soy, más apego siento por mis mayores, por lo que significaron, por lo que fueron, por la vida que me legaron. Siento infinita gratitud por esas personas que sobrevivieron a la guerra y a la dureza extrema de postguerra, que salieron adelante sin torcerse del camino para que yo esté aquí, ahora, escribiendo este post. Me siento profundamente en deuda con mis abuelos, hay tantísimas cosas que no sé de ellos. Cada detalle que recupero es un hallazgo que cepillo hasta verlo bien, como un arqueólogo ante la pieza más delicada. Mi abuelo Francisco, dice mi madre, daba unos besacos que te dejaban la mejilla ‘colorás’. A mi abuelo Vicent lo recuerdo subido a su bicicleta y contándome historias de la vaca Marisol.

    En las presentaciones de libros, suelo animar a los niños a que hablen con sus abuelos y les pregunten por las cosas importantes de la vida. Los niños me miran así, como diciendo, esta loca qué dice ahora... Veo sus miradas y les insisto con que los abuelos no están sólo pare recogerlos del cole, darles la merienda y cuidarlos mientras no están sus padres. Me pongo tan pesada que acabamos declarando a los abuelos Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, y aquí hay siempre quórum. También les arranco la promesa de que, al volver a casa, preguntarán a sus abuelos cómo se enamoraron, por ejemplo. Y ríen mucho porque les parece inconcebible la idea, de lo ‘funcionalizados’ que tienen a las personas mayores muchos de ellos. Detrás de un niño escuchando en una presentación de libro, suele haber a veces una abuela o abuelo acompañándolo. Me emociona profundamente verles con los ojos empañados en esos momentos en los que se habla de ellos, diciendo que sí que sí con la cabeza con esas miradas dulces que me llegan al alma. Lo que no saben ellos es lo que significa para mí verlos allí tan atentos, sentirlos presentes, dedicando generosamente su tiempo, tan valioso, a traer a los nietos a un lugar donde se habla de libros...

    Hace muchos años visité a un familiar en una residencia de Madrid. Fue una tarde complicada, de esas que el tiempo se agrieta en el reloj en lugar de pasar. Se me quedó pegada la voz temblorosa de un señor mayor, bien vestido, de porte elegante, sentado en una silla de ruedas, levantando los brazos al aire como un pajarillo pidiendo comida con una ala rota, implorando con voz temblorosa y sin perder la educación que se le notaba había tenido y conservaba: “Señorita... Por favor, señorita, cámbieme, que llevo mucho rato esperando y ya no puedo más.” Y recuerdo perfectamente la mirada de compasión de la persona encargada de cambiarle el pañal, claramente desbordada de trabajo, recuerdo también su gesto de impotencia, de derrota. Tú sabes que las cosas que se me quedan así pegadas te las cuento aquí en algún momento... Pues hoy es ese día. Llevo enganchada a este hilo de pensamiento hace varias semanas, desde que vi la imagen del señor mayor atado a su cama en una residencia de Carlet. Desvencijado en el suelo, medio desnudo, abandonado, dejado, olvidado, descuidado, magro el cuerpo, con la piel de los muslos de papel de Biblia y el brazo lleno de moretones a saber de qué y desde cuándo... Una imagen que me niego a incluir aquí porque nadie pidió permiso a esa persona para que su ‘miseria-no-elegida’ fuese distribuída de la manera que fue expuesta.

    La vejez cómo destino, en un país que le da la espalda con demasiada frecuencia. ¿Qué estamos haciendo que somos capaces de ignorar de esta manera de dónde venimos y a quienes debemos el presente?... ¿Qué dice de nosotros, como sociedad, este apartar a quienes nos dieron el testigo?... ¿Qué sucedáneo social hemos construido para que no quepan de manera plena, con todo el amor, la dignidad y la calidad que merecen quienes están recorriendo su último tramo vital?... Me pregunto qué pasaría si todos los mayores que están apartados y no atendidos, los desmemoriados, los más frágiles, los que se apagan en soledad, tuviesen la oportunidad de decirnos cómo se sienten.

    12 responses to “Querida Inés, querida Paca…

    1. Aún tengo iaia. A mis 44 tacos. Tuve avi hasta los 36 y guardo sus gafas de ver de cerca en una caja de cosas queridas. Y aún lo recuerdo con la precisión de los 5 sentidos (http://www.nolotengoclaro.es/2013/06/avi.html?m=1).
      Mi patria son mis veranos con mis avis de Tarragona. Mis abuelos maternos.
      Mis abuelos paternos eran de Alcoi. No los conocí pero soy clavadita a mi abuela Xelo. Me han contado muchas cosas sobre ellos pero hay algo que siempre me hace sentir rara y triste. ¿Cómo les hubiera llamado? ¿Iaia, iaio, abuelito, abuelita?
      Mis hijas tienen 3 abuelos rockeros y yo tengo serias dudas de que algún día llegue a ser abuela.
      “Si pudiese elegir cómo disfrutar de una maravillosa tarde de domingo”, me gustaría estar haciendo helado de mantecado con mi iaia en la parcela, con esa heladera de contrabando comprada en Andorra.
      I ara vaig a desfer-me el nus de la gola.
      Bon dia!

    2. Sólo estuve con el hasta los 8 años, pero aun con 40 lo echo de menos, aún hay olores y sabores que me recuerdan a él. Me gustaría preguntarle tantas cosas…la cárcel, la posguerra, los años duros…
      Me enseñó todas las plantas de la montaña, a regar, a recoger garrofas. En su seiscientos verde hacia la caseta de Betera, los sabados, con su bolsa de las Olimpiadas de Moscú y la inseparable fiambrera. Mi último recuerdo es verlo desde bajo saludandome desde una ventana de la Fe , de la antigua. Solo pido un dia.

    3. La meua iaia Maria. la mare de ma mare, no sabia parlar castellà ni per telèfon. Havia de demanar-li permís per posar la TV, perquè “gastava”… rentava la roba a mà (tenia rentadora, però “gastava”), i se le feia malbé el “companatge” al frigorífic (perquè com anava a tirar menjar…!!!) Sí, una personeta menuda, molt menuda fruit d’una postguerra dura, d’ulls gris clar i fam insondable. Es va morir de vella, apagant-se a poc a poc. No sé si va ser feliç. No s’ho plantejaven, no trobeu? Vivien, això sí. Gotet de vi en totes les menjades. Nus a la gola, i als ulls, i dins, molt a dins. Dones de lluita a qui ningú els va demanar, mai, què volien ser de grans. Jo voldria ser tan sencera com ella, tan pacient i poder donar, no sé arribe a temps amb la meua filla (també “menuda”), tantes i tantes vesprades de paciència i seguretat.

    4. Mi abuela materna murió con 33 años dejando huérfana a mi madre con 18 meses y al cuidado de su tía materna, que murió al poco de nacer yo. Mi abuelo paterno murió cuando yo tenía cuatro años. A mis cinco, mis padres me trajeron con ellos a España en busca de un futuro mejor. Un año después, se separaron y no volvieron a hablarse nunca más. Él desapareció de mi vida durante décadas y, con él, cualquier vínculo con el resto de la familia. Así que quedé sola con mi madre en un país extraño y sin red. Me arrimaba al calor de mis compas del cole a los que se les notaban los abuelos, los tíos, los primos, las vacaciones, las navidades … . Era la España de los 70’s y la hice mía a mi manera. Ahora, a mis cuarentaytantos, me veo en todas esas niñas que, como yo en su momento, son visibles a ojos de todos y de nadie. Y que, como yo, están aquí para quedarse. Son parte de nuestro presente y nuestro futuro.
      Visibilización.

    5. Uys Fani, al releer mi comentario, veo fallos de redacción. Es lo que tiene escribir sin repasar. Qué vergüenza! menos mal que podré permanecer en el anonimato. Si puedes (y quieres) corrígelos tu por favor.
      Gracias

    6. Buffff… Tremendo. Con el cuore aplastado desde la primera frase. Con un millón de recuerdos de mis años mozos y de 4 iaios maravillosos. Del orgullo inmenso de haber heredado de ellos los ojos verdes y el coraje de seguir aunque sea con las uñas…
      Y ahora voy a enjugarme las lágrimas.
      Gràcies, Fani.

    7. Maravillloso relato de amor a tus abuelos. Los mios, vivieron en una época muy dura y muy cruel Con los años, he sacado fuerza muchas veces recordando como una de mis abuelas, Pepa, la materna, pudo vivir hasta los 95 años con el recuerdo de un marido asesinado por los fascistas a los 53 años, teniendo que sacar a seis hijas adelante ella sola, y teniendo que emigrar del pueblo a una ciudad inóspita en 1939. Más tarde enterraría a su pequeña de 21 años, vicima de la tuberculosis. Si ella, y tantas como ella sobrevivieron, ¿de que me voy a quejar yo? ¡Ah! Y tenía un humor envidiable.
      Gracias por ese homenaje escrito.

    8. Sólo conocí a mi abuela Fernanda, la persona más humilde y generosa que puedas imaginar. Enviudó joven, vivió entonces con toda la familia y murió cuando pensó que se convertía en una carga y que ya no podía ayudar en las faenas de la casa. Siempre sonriendo.
      No sé que nos pasa a las “sociedades desarrolladas”. El desapego hacia nuestros mayores no es natural. Cuando visitas países supuestamente “tercermundistas” y compruebas la consideración que se les tiene, el respeto a su sabiduría, el cariño que reciben, mientras en el primer mundo los arrinconamos… Esa indiferencia hacia los niños que fuimos y hacia los viejos que seremos no es saludable.
      Gracias por el post.

    9. Només vaig coneixer als meus “güelos” per part de pare. Tots diuen que tinc el carácter de ma “güela” i sí ho reconec, m’agrada la política, i soc capaç d’anar a València per un paquet de safrà, com ella. Tornar a vore-la a xerrar/discutir amb ella sería genial. Ella era molt moderna per al seu temps. Però amb qui mes pense es, en ma mare, eixa iaia que com quasi toes les d’avui en día, ha estat amb els seus nets mentres les mares i els pares han estat treballant. Alçar-los, portar-los a l’escola, portar-los a extraesvolars, cosir/arreglar-los roba, en fi de tot. Eixa iaia amb nets de 17 a 24 anys que no els reconeix, que veu les seues cares i no sap nom ni relacio parental. Una dona que viu en sa casa i que els nets no visiten, inclús alguns d’ells sugerixen que a la recidència estaría millor. No em queixe dels meus nebots, només els posse d’eixemple de tants i tants nets que faran com ells per egoísme jovenil. M’agradaria que recordaren a la seua iaia com a la dona amb carácter que tant feu per ells i no a la persona que poquet a poquet s’apaga i no els coneix.

    10. Precioso relato. He estado un buen rato recordant a mi abuelo Antolin. Él nació en Valladolid, sus padre trabajaban en una residència de la Casa Real.
      Lògicamente, se hizo Anarquista, pasó años en la cárcel, era el único que nos hablaba en valenciano, nos llevaba de la mano a las sesiones de Boxeo,Catch…en Plaza de Toros.Mi abuelo quiso hacerme torero, yo me hace anarquista

    11. Per a mi, ella va ser con una mare. La meua iaia del ànima és l’única persona que m’ha volgut més que ningú. Va tirar del llit al meu iaio, l’home més bò i honrat del món, per dormir amb mi quan els meus pares me portaren al poble amb sis mesos perquè treballaven els dos i no els arribava per pagar a una persona que me cuidara. Ells, Salvador i Asunción són i serán tot per a mi. Lluitadors, supervivents, treballadors, valents… Des de que no estàn, m’arrepentisc de cada abraçada i cada bes que no els he donat. Ja no puc compartir una vesprada amb ells, però me visiten en somnis. Els altres avis, Pepe i María, emigraren de molts jòvens per necesitar a Casablanca amb quatre fills menuts, sense saber parlar més que valencià i sense haber eixit mai del Cabanyal. Van morir quan jo era molt xiqueta i d’ells recorde les ganes i alegria de viure. I pare ja, que amb les llàgrimes no veig bé les lletres…

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