Momentos de soledad no elegida

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    Firma Invitada

    Mamen Garrido

    Psicóloga especialista en autoestima, asertividad

    y relaciones saludables

     
     
     "Nada me llena más que ver cómo puedo formar parte de la trasformación de las personas, ayudar a que los demás sean cada día un poco más feliz es lo que da sentido a mi trabajo y a mi existencia." 

     

    Un día decides que quieres vivir sola. Disfrutas de tu independencia, de entrar y salir sin dar explicaciones, de la tranquilidad con que te recibe tu casa tras una larga jornada laboral. Decides comer fuera algunos días, acostarte sin cenar otros. Hay fines de semana que no pisas la vivienda y otros en que no quieres salir de ella. 

    Sábado. Sales a cenar, regresas y te quedas leyendo en la cama hasta tarde. Nadie se queja si no recoges la cocina, si tardas mucho en ducharte, si te dejas una luz encendida. Tomas decisiones sin parar, una tras otra a lo largo del día sin consultar, sin negociar, sin discutir. 

    Domingo. Vuelves de comer con la familia y nada te priva de esa siesta en el sofá mientras de fondo suena la película que has elegido para que te haga compañía.

    Vuelve el lunes y repites la rutina que te has creado, esa que te llena, que te gusta, esa que has decidido que sea tu vida. Te organizas, compras, cocinas, congelas. Bolsa del gimnasio, comida, el bolso, la chaqueta, las llaves del coche… Martes, miércoles, jueves.

    Ya es viernes, hace bueno, quedas con una amiga, una terraza, una café, una tertulia que se alarga tanto como queráis. Un paseo por el centro, tiendas, se une más gente y acabas cenando en un bar cualquiera.

    Otro sábado, no hace bueno, unas pelis, unas pizzas, cena improvisada, todos a tu casa. Llega la madrugada y os pilla con algún juego de mesa y algo de beber para amenizar. Es muy tarde, ya se marchan, cierras con llave, te espera tu cama, mañana no hay que madrugar. 

    Y así pasan los días y te sientes bien. Te gustan esos ratos para ti y esos ratos para ellos.

    Y entonces llega Marzo, año 2020. 

    Y alguien decide por ti.

    Ya no vas a salir y entrar, ahora te quedas. Tu casa sigue siendo tranquila, demasiado tranquila.

    Puedes comer o no comer, cenar o no cenar pero lo harás en esa mesa de comedor que apenas habías usado. Puedes leer, hasta tarde, tantas horas como quieras, tantos libros como tengas. Puedes limpiar, ordenar, desmontar. Puedes cantar, bailar, escribir. Puedes reír o puedes llorar. 

    Antes estabas sola, ahora empiezas a sentirte sola, ¡que conceptos tan diferentes y parecidos a la vez!

    Días de mucha actividad mental, toca rehacer rutinas. Esa mesa de comedor se convierte en el centro de operaciones. Vas a comer, trabajar, conectar, relacionar, sentada en la misma silla, todo con el mismo fondo. 

    La agenda sigue, los días pasan, aunque ahora parece que todos se llamen igual. 

    Al principio cuesta establecer horarios, cuadrar las horas, pero al cabo de dos semanas, ya sabes cuando se trabaja, qué directos quieres ver, a quien confiarás tu estado físico, a qué hora se conectan tus amigos y cuándo prefiere hablar tu padre. 

    El tiempo pasa y amansa esos nervios del principio, disminuyen las llamadas de la gente, vas acabando con lo que había en tu nevera. Hace ya días que decidiste que la tele no era buena compañía, todavía puedes decir cosas. 

    Sin darte cuenta estás de nuevo adaptada y bendiciendo cada día lo afortunada que eres. Bendices poder estar en casa, bendices tener terraza, bendices que salga el sol. Bendices tener los medios para ver y hablar con los tuyos aunque sea a través de una pantalla. 

    Los días pasan, las semanas pesan. Celebraciones que se posponen, emociones que se transforman. Adaptar la mente no ha sido tan difícil, entender lo que sientes eso, eso es otra historia. Porque empiezas a tener sensaciones, momentos que empiezan y acaban estando contigo, solo contigo.

    Te siguen gustando esos ratos para ti y se hacen duros los ratos sin ellos. Escuchas canciones y sientes ganas de llorar, te envían fotos y el corazón se te encoge. Siempre supiste que la soledad es buena pero nunca imaginaste lo mucho que te enseña cuando otros la eligen por ti. 

     

     

     

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