Un mocho, dos mochos, tres mochos…

mono-que-no-ve
  • WhatsApp
  •  

    “Hay tres maneras de hacer las cosas: la correcta, la incorrecta y la mía”, Robert de Niro, Casino, de Martin Scorsese.
     
    Había una vez un cuarentón que se quedó solo en casa en verano. Como no tenía horario ni calendario porque su mujer se había ido al apartamento y él se había quedado con el hijo que tenía que estudiar no sé qué, se fue a la peluquería del barrio a cortarse el pelo. Aunque cualquiera diría que necesitaba más una conversación que un corte de pelo, pues fue sentarse, ponerle el peluquero la capita y la toalla alrededor del cuello, y soltarse a hablar como si llevase el castellano ahogándole dentro y la glotis fuera el orificio por dónde iba achicando palabras. Enseguida se notó que era una relación ‘peluquero-amigo’ más que ‘peluquero-cliente’, la confianza se cortaba en el aire. Ks, ks, ks, ks, hacían las tijeras mientras caían pelitos que iban formando una herradura vellosa alrededor del sillón. Peluquero y amigo se comportaban como si estuviesen solos, enfrascados en una peculiar conversación que iba cogiendo altura, ajenos por completo a la mujer que había sentada en segundo plano, esperando turno para el tinte. Una mujer que tenía un libro abierto con la vista fija en una página, la misma desde hacía un rato. Una vampira que había sacado el colmillo-antena para chupar de aquella conversación que era infinitamente más nutritiva que lo que tenía escrito. Ni respiraba para que se olvidaran de ella y siguieran cascando. Casi me ahogo...
     
    “Que sí, que lo que yo te diga... Que me montó el pollo porque había pasado el mocho a la cocina... Que cómo había cogido el mocho de la terraza, dijo... Es que resulta que hay tres mochos, tío... No, uno, no... Tres... Tres mochos... ¿Cómo se te ha quedaó el cuerpo?... Es que yo alucino... ¿Yo cómo voy a saber que hay uno para la terraza, otro para la cocina, y otro para ‘lo demás’?... Pues si yo veo que está sucio el suelo, pillo un mocho, lo limpio y punto... Y si no, que los numere, tío, que los numere.... Mocho número uno: cocina... Mocho dos: terraza.... Mocho tres: lo demás...” (porfa, detrás de los puntos suspensivos, pon al peluquero asintiendo a todo con silencios empáticos y sonrisas cómplices). “Luego se queja de que no la ayudo.... ¿Pero para qué voy a ayudar si lo hago todo mal?... Y si no, tío, métete en la cocina... Que se me ocurrió un día hacer una tortilla y no veas la que me cayó porque había pillaó la sartén del pescaó... Que resulta que hay una sartén para el pescaó y otra para todo ‘lo demás’... Hala, ya estamos igual... Sartén uno: pescaó... Sartén dos: lo demás... Y la plancha, tío... Yo me pongo a planchar y me mola, que me lo preparo de puta madre: la ropa, la tabla, la plancha, y la cervecita...¡Pues no le parece bien lo de la cervecita mientras plancho, tío... Que voy mu lento, dice… Yo, es que no lo entiendo... Tío, en la gloria estoy esta semana que nadie me dice qué tengo que hacer.... Tranquilo estoy, por favor...”
     
    Para entonces ya se habían apercibido de mi 'antena', me había sido imposible aguantarme más la risa con lo último de la plancha. Lejos de molestarse me hicieron partícipe de la conversación, dándome detalles de cómo amigos suyos ‘pasaban por lo mismo’. Su tono era una mezcla de impotencia, hartazgo, y bastante deportividad, pero, sobre todo, me llamaba la atención el toque de resignación. Hablaba como si fuese imposible cambiar algo. Una vez se marchó, seguimos con el tema un rato. Lo curioso de esta anécdota es que, cada vez que la cuento (y lo hago a menudo porque lo de Los mochos numerados merece un monólogo aparte), provoca lo mismo: reconocimiento. Siempre se reconocen en ella las personas que la escuchan, y provoca casi siempre una brainstorming sobre el reparto de tareas domésticas en el ámbito familiar, amistoso o de pareja. Casi siempre se empieza por mochos y sartenes y se termina hablando de cuidado, compromiso, responsabilidad, empatía, tolerancia, educación, tradición, valores, estima, respeto... Palabritas mayores. Si la solución es numerar cacharros, reinventar el planchado, o echar el candado para largarse al monte a ver atardecer y coger perspectiva, ahí lo dejo, a debate. Sólo hay que tener en cuenta que puede haber alguien escuchando, ya sabes.       
     

     

     

     

     

     

     

    4 responses to “Un mocho, dos mochos, tres mochos…

    1. JAJAJAJJAJAJJJAJAAAAAAA
      MOCHO 1 -MPOCHO 2…
      lo que no se me habia ocurrido a mi eralo de "planchar con la cervecita"…
      xeeeee…XXXXXXXXEEEEEEEEEEEE

    2. Hola, jaja en verdad si me saco mas de 1 carcajada este post!!! Eres graciosa, me gusta mucho la forma en la que escribes!!! Y el blog el fondo que tiene tambien me gusta!

      De ahora en adelante te seguire, saludos!

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *