Cuarenta segundos de venganza

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  • Esos cuarenta segundos de espera en los semáforos me dan la vida. En ellos nos encontramos miles de seres a diario haciendo algo tan aparentemente inútil como esperar. Vivo esa inutilidad con profundo regocimiento (de regocijo + recogimiento). Como una oportunidad de pausa interna, aprendizaje y observación. Me emparro en los intervalos de los semáforos. Literal. Esos mal llamados tiemposmuertos, en los que parece que no pasa nada y en los que, sin embargo, sucede todo, son espacios donde bajamos la guardia, donde sólo somos, existimos. Queremos, sobre todo, llegar a la otra acera; a una orilla lejana, para seguir con nuestro camino. ‘Godotear’, es el verbo que me he inventado (esto es de Samuel Beckett) para describir lo que experimento en los semáforos. Mientras espero, godoteo. El godotoeo peatonal se asemeja al silencio en la oratoria, que supone siempre una maravillosa oportunidad comunicativa. Es justamente la vida lo que sucede en los tiempos en los que parece que no hacemos nada. En la espera escénica, por poner otro ejemplo, es donde surge el reto interpretativo (esto es de Juan Mandly). Cómo no-haces mientras esperas el pie de frase de quien está haciendo para pronunciar tu texto cuando él termine... En ese no-actuar es donde se ve la talla de los grandes intérpretes. Diseñados como estamos para la acción, pareciese que la espera nos conflictua (este verbo lo desaconseja  el Diccionario panhispánico de dudas).

    Tiene mi ciudad un ritmo interno marcado por los semáforos que me fascina cuando la ando. Un ritmo coreografiado y fluido, acompasado, confiado, inconsciente, taciturno algunas tardes de domingo, o pegajoso en los días que el Mediterráneo te impregna la ropa en el andar húmedo. Yo me imagino desde el aire esa coreografía peatonal al ritmo de la Dança da Solidão, de Marisa Montes y se me saltan los puntos del alucine. Un, dos, tres; un, dos tres; un dos tres... Plié y.... Ahora iniciamos movimiento quienes vamos a pie.  Un, dos, tres; un, dos tres; un dos tres... Ahora permanecen parados los que van con ruedas y... De nuevo, plié y así, una y otra vez, un continuo ritmo de pausa y movimiento, de inacción y acción, de espera y marcha... Un baile en rojo, amarillo y verde que no cuestionamos porque sabemos que nos ayuda también a ordenar nuestras intermitencias internas. 

    En Valencia hay un semáforo que forma parte de mi historia personal.  Es el que regula el tráfico del paso peatonal que va del Pont de Fusta a la calle Muro de Santa Ana. Llevo parándome desde pequeña ahí. Ahí esperaba salibando a cruzar hasta La Casa de los Caramelos, un lugar de ensueño que yo sólo había visto en cuentos y que resultó existir en Valencia. Un espacio con paredes pintadas de piruletas, gominolas y chupa-chups, donde probé los bombones con avellanas enteras por primera vez, llenándome los carrillos de chocolate en un festival de sabor que contrastaba con los cilindros de chocolate bollet típicos valencianos, hechos con pasta de cacao y harina de arroz. En ese semáforo he parado desde que venía de mi pueblo, Massamagrell, a estudiar inglés a las siete de la mañana en un lugar llamado Audio-Jeam cuando aún existía la Plaza del Caudillo. Ahí he parado con los mocos colgando del frío de enero y los pies hinchados por el poniente de agosto. Ahí me he parado enamorada como la reina loca, desesperanzada por un suspenso, destrozada por un duelo, emocionada ante una entrevista de trabajo prometedora, afónica perdida tras una larga mani gritando #ElCuloDeAznarObjetivoMilitar, en el #NoALaGuerra. En ese semáforo he pautado emociones, proyectos y encuentros. Ahí he cogido aire más de una vez para cruzar esa frontera imaginaria que significaba, viniendo de la huerta en el trenet, la entrada en La Ciudad con mayúsculas. En ese semáforo he tomado conciencia de mi fragilidad y ahí encontré la fuerza un día para llegar a la otra acera, hasta el despacho de mi abogado tras el despido de RTVV. Me doy cuenta ahora, mientras te cuento todo esto, de cómo he sido y crecido en ese lugar de espera y encuentro... Cuando nadie me ve, puedo ser o no ser. Cuando nadie me ve, no me limita la piel... (esto es de Alejandro Sanz). 

    Esta semana, mientras estaba al final de la calle del Muro de Santa Ana para cruzar al Pont de Fusta, sucedió algo que te quiero contar también. Fue una emoción, lo primero que sentí. Miré a mi izquierda y vi a dos chicos, de unos quince o dieciséis. Bermudas vaqueras y camiseta de tirantes uno, con manga corta el otro, sandalias ambos, pelos cortos y miradas húmedas. Esperaban como yo, al verde. Sin embargo, en lugar de mirar adelante, se miraban uno al otro como si fuesen el único horizonte posible. Se rozaban con la punta de los dedos meñiques de la mano izquierda uno y de la derecha otro. Te juro que salían chispas de ese roce. Yo las vi. Chispas brillantísimas. No como esas que saltan cuando cortas con una radial algo metálico, no. Eran chispas que brotaban como un surtidor de agua, brillantes, luminosas, transparentes. Cuando se dieron el beso supe que era de puro deseo, tímido pero eufórico. Un beso precioso el de los dos chicos. Un beso breve. Un beso-promesa de futura pasión, de locura, de goce, de complicidad, de inicio y de espera. No podía dejar de sonreír, ni de mirarlos, eran  magnéticos. Descaro máximo el mío, porque no llevaba gafas de sol. Bueno, eres escritora, te estás documentando, me excusé.  Los miraba y me alegraba verlos tan, tan, tan ajenos a la mirada de nadie. Sólo eran, estaban. Vivían esos cuarenta segundos de espera como si no hubiese nada más importante en el mundo.

    Fue entonces cuando, ¡wuaca!... De repente tropecé con aquellos dos ojos que me miraban fijo. Me quedé grieta. Hacía tiempo que no veía tanto enfado, reproche y prejuicio juntos en una persona. No tendría más de cuarenta. Iba bien vestida. Parecía bien alimentada. Con las necesidades básicas cubiertas. No tenía cara de amargada, parecía una persona normal. Sin embargo, supe de inmediato que presentaba una carencia que me dañaba incluso a mí: 0 respeto, una patología de pronóstico reservado. Miró a los chicos con profundo desprecio y enseguida me miró  a mí, exigiéndome en silencio que me uniese a su mirada crítica hacia ellos. Me miró, buscando apoyo para la censura. Me miró, lo sé, gritándome sin palabras que aquello era una vergüenza. Me miró y preguntó sin preguntar cómo yo toleraba, cómo yo aceptaba eso. Me miró como miran quienes se molestan al ver a otras personas felices. Me miró como miran quienes no se alegran de que otras personas sean iguales en derechos. Me miró con la soberbia de quien se creé en posesión del bien y del mal. Me miró como miran las personas que dejan el corazón en la bandeja del congelador del pescado antes de salir de casa, con la misma cara que mira la gente que no le gusta que se hable, escriba o piense libremente, (esto es de Ovidi Montllor). Así me miró, buscando mi complicidad. 

    Y lo único que encontró fue una sonrisa. Una sonrisa rendida ante la insultante burbuja de deseo contenido (y a punto de explotar) del semáforo en rojo. Una sonrisa. Eso fue todo lo que encontró. Y una mirada sostenida. Sólo eso. Y aún se enfadó más. Lo noté enseguida. Rígido el rictus, rectos los labios, izada la barbilla dirigió una mirada de desprecio que me llegó como un dardo. No la volví a mirar a los ojos porque con sus piedras hacen ellxs su pared (esto es de Mecano); y le dije, sin mediar palabra, que no iba a ser cómplice de ningún muro que separase a las personas. El semáforo cambió a verde. Y los chicos separaron las puntas de sus dedos meñiques entrelazados y cruzaron camino al Pont de Fusta, felices y rotundamente ajenos al reproche, a la falta de respeto y a la mirada de exclusión y de censura de la que habían sido objeto. Se me activó entonces el pensamiento mágico de que yo podía, con mi cercanía física, neutralizar el odio, y sin pensarlo me situé a pocos pasos de aquella persona, sintiendo la necesidad de protegerlos, y juntos cruzamos el puente, en un inesperado triángulo de deseo-odio-protección que me inventé. Ellos felices. Yo de cascoazul improvisado. Y aquella persona con el rictus amargo típico de los ‘sin-empatía’. 

    Deseé con todas mis fuerzas que los dos chicos fuesen felices aquella tarde, que fuesen lo más felices que jamás hubiesen sido nunca. Que su felicidad fuese la venganza a aquella mirada de odio. Y enseguida pensé en ti también. Pensé que te quería contar lo que había vivido en la espera del semáforo. Me acordé de ti, cómplice de tantos Fémures y lecturas tantos años, y pensé en si tú también temes retroceder hasta tener que reivindicar lo básico una vez más, y volver a luchar por lo poquito que parecíamos haber conquistado ya. Y pensé en proponerte la felicidad como arma de destrucción masiva de la #LGTBIfobia. Y también pensé en llenar de besos el semáforo. Y proponer cuarenta segundos de venganza disfrutando del derecho a ser.  

     

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