Valentín, “el santo”

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  • Con la mano libre tiró del encaje rosa de las bragas hasta colocárselas correctamente. Con la otra puso paz en el lío de melena a mechas rubias y el flequillo se le medioenredó con la cadena del bolso Louis Vuitton que no había soltado en ningún momento mientras Valentín, el dependiente de la sección de lencería de la séptima planta, le hacia el amor de hinojos frente al espejo del probador. La falda volvió a las rodillas tapando dos círculos rojizos, un tanto magullados. El cinto de falso oro recuperó la delantera por encima del ombligo y los botones de la camisa regresaron a los agujeros de los ojales aunque faltó uno al encuentro. Recogió el sujetador del suelo y lo guardó hecho una pelota rosa en el bolsillo de la chaqueta pensando que la próxima vez llevaría uno sin tirantes, mucho más fácil de quitar. En la solapa del Chanel, el broche de pedrería con forma de buhito pendía del revés, y se quedó boca abajo. Sacó un pañuelo y se limpió el contorno desdibujado de los labios. Notó un escalofrío en la nuca al ver el bordado blanco de sus iniciales manchado de rojo carmín y recordó los primeros besos desbocados que le había dado cuando entró al probador. Ante el espejo, descubrió una incipiente roncha granate en el cuello y la tapó con la cruz de ébano de la gargantilla, regalo de su suegra que también quedó ladeada. El bamboleo de sus pechos sueltos bajo la seda de la camisa la hizo sentir incómoda pero sonrió satisfecha. Se abrochó los tres botones de la chaqueta y levantó la mano para peinarse las cejas con las yemas de los dedos. Notó una humedad viscosa por detrás de los muslos, con la mano limpió el resto de churrete blanco que bajaba hacia al hueco de la rodilla y que fue a parar al bolsillo de la derecha, formando masa cómplice con el encaje del sujetador. Pensó en pedirle que utilizase precauciones pues se estaba arriesgando mucho, pero esa sensación de peligro aumentaba aún más el deseo hacia aquel hombre que, una vez al año, le proporcionaba el placer libidinoso que no encontraba en su marido. La idea de un embarazo le divirtió, lo complicado sería convencer a la familia política de que el niño moreno y grandote que pariría en medio de tanto sobrino rubito y delgado era la viva imagen de un bisabuelo paterno, sacado de la inclusa allá por la guerra civil. Salió del probador y vió a su marido en la caja, pagándole a Valentín el sujetador negro de encaje que había elegido para ella con la ilusión de impecable enamorado del día catorce de febrero. Y regresó a su lado, lo cogió del brazo y allá que se fueron amarraditos los dos, marido y mujer, en perfecta armonía conyugal. Ella feliz, él feliz de verla feliz. Mientras, Valentín, desde la séptima planta, seguía atendiendo religiosamente a las clientas. 
    (*Relato breve, revisado ahora, publicado en la edición escrita de El Mundo, Comunidad Valenciana”, el 17 de febrero de 2001).

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