Elogio del verbo quedarse

FemurNY.001
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  • En NY somos de allí nada más llegar. Y, a la vez, somos de donde venimos. Me hice de allí a las pocas horas de aterrizar en Manhattan, donde encontré un trabajo por horas que me permitió quedarme bastante más tiempo del que pensaba. Me integré como una latina más en el torrente humano de Manhattan. Si no fuese porque se me notaba que era de otro lugar sin abrir la boca. Por el ritmo. Me movía despacio. Andaba con una mirada catatónica de “alucino-pepinillos” y “que-mis-ojos-no-se-pierdan-nada”. Iba con parsimonia a los sitios. Entraba y pedía café pronunciando cada fonema como cuando asistía a las clases de inglés. Pagaba contando una a una las monedas como una yaya de 80 años, me sentaba en los bancos de los parques a cámara lenta, y observaba apardalada, como disponiendo de todo el tiempo del mundo. En NY activé el modo slow motion y me recreé en cada movimiento de la ciudad. Me encantaba quedarme quieta, literalmente, en medio de las aceras de las grandes avenidas. Sólo hacía eso: estar allí quieta, viendo columnas de hormigas-humanas pasando a mi lado, con tantas cosas importantes que hacer y lugares a los que ir, y colisionando conmigo en algún momento. Nadie que va por una calle en NY espera encontrar una valenciana en modo ‘pilón’, plantada, con cara de flipada de la vida, y la sonrisa incólume bajo la etiquetada frontal #nacíenelmediterráneo. El tópico es conocido y cierto: la ciudad es un plató abierto. Para mí fue un mundo abierto. Un mundo abierto sobre el que escribir. En aquel momento lo hacía para Levante EMV, era noviembre de 1998. Recuerdo las crónicas escritas desde allí, y enviadas por Fax, como uno de esos momentos mágicos de mi vida de columnista de opinión. ¡Sueño cumplido!... Otro más, como te conté en el Elogio del Juanete, que te prometí que un día te contaría lo de NY.

    En otro orden más personal, NY fue un punto de inflexión, fue encuentro, fue refugio, salvoconducto, flotador, fue pulmón externo, y fue cierre profesional (estaba mutando todavía de presentadora de tv a guionista-escritora). Y fue un estímulo y un plan-de-pensiones emocional. Por encima de todo fue un Plan B de vida. Decidí que, si en esta orilla de ahora fallaba todo, me iba allí a nadar. Las ateas tenemos nuestros credos y, por eso, cuando todo se torcía por aquí, terminaba el día rezando al espíritu de NY y zanjando el tema con un: No pasa nada, mañana me voy a NY. La ciudad, ya me conoces, fue tomando vuelo y mitificándose en mi interior, llegué a atribuirle  efectos de más amplio espectro: se convirtió en mi melatonina, mi descanso, mi sosiego, mi paz y mi sitio mental de escape. Y fue un comodín. Y una solución. Según me fuese por aquí la realidad, me visualizaba en la realidad deseada allí, en un modo que ahora se llama ‘realidad cuántica’, gracias al cual tuve todos los yoes neoyorquinos que me hicieron falta. Le debo mucho a ese lugar que he construido en mi cabeza y que ya sé que sólo existe para mí, de esa manera. Entre otras cosas porque no he vuelto a poner un pie allí. Desde aquel noviembre extraordinario que viví en 1998. No he ido. No he podido, que es lo que dices cuando no has querido. Con los mitos pasa una cosa: si los actualizas, corres el riesgo de quedarte mirando una basa vacía.

    En NY gané el dinero que necesitaba para comprar mi primer ordenador. Y allí tracé el Plan A de montarme una ‘empresa de ideas’ a mi regreso a Valencia. Así, tal cual. ¿De qué has dicho que vas a montarte la empresa?... De ideas, decía. Quería vivir de las ideas que tenía, de todas las que llevaba años anotando y de las otras ‘todas’ que se me ocurrieron andando, trabajando y bailando en Manhattan. Ideas que anotaba en mi libreta junto a listados de artistas que descubría en el MOMA, del MET, el Guggenheim, la Hispanic Society, Brooklyn Museum, el Whitney y de tantos oleos que fueron luego fondos de escritorio del ordenador otros tantos meses. Fue allí donde soñé que trabajaba con las ideas, que esas ideas tomaban forma y que se convertían en proyectos y que esos proyectos tenían una utilidad; algo que, de alguna manera, está sucediendo más de 20 años de esfuerzos después. Lo normal, vaya, cuando tienes la fortuna de conjugarte en todos los infinitivos necesarios para vivir: nacer, crecer, aprender, andar, caer, correr, nadar, crear, fracasar, cojear, levantar, convalecer, cronificar, negociar, solucionar, afrontar... En NY aprendí algo crucial. Aprendí a parar. Y a no asustarme de mí, ni de nada que fuese mío. Lo aprendí sola (fui sola) y, a la vez, rodeada de gente que andaba deprisa durante el día y que llenaba garitos de jazz, soul y hip-hop por las noches (#QueMeQuitenLoBailao). Me aprendí sola en NY, lejos de casa, en un lugar donde se ponía el sol a las cuatro de la tarde y me dejaba en la más absoluta orfandad huertana.

    Tuve la opción de quedarme a trabajar y decidí volver. Entre lo aprendido, supe qué me hacía feliz y qué no. Y supe que no iba a ser feliz sin estar cerca de mi familia, a la que adoro. Y de mis amigas. Mis amigas son mi familia también (te hablé de amistad en este Fémur. ¡Madre mía, cuantas cosas te he contado!). Mis amigas son mi norte. Y mi sostén. Y mi refugio. Y mi equilibrio. Y mis risas. Y mi lugar de encuentro. Soy, en mucho, gracias a ellas. Soy en ellas. Soy de mis amigas, pero sin posesivos. Y ellas son también mi NY... Desde este agosto, en el que he vuelto parar y a quedarme quieta del todo después de andar kilómetros, un pedacito que quiero mucho de ese NY mío está tocado. Algo que ha hecho que revisité de nuevo la ciudad y que haya querido poner en marcha el operativo del Plan B para largarme a vivir mis otros yoes cuánticos en realidades no tocadas. Sin embargo, la idea que me hizo volver a Valencia en 1998, es la misma idea que me impide marcharme ahora, aunque sea sólo en mi cabeza. No volvería sola. No podría. Me faltaría ese pedacito tocado, ese trozo de mí, tocado a su vez. Me digo estas noches eso de que mañana me iré a NY, y no siento alivio. Ese NY mío está construido en los cimientos donde cimentan mis amigas. Y sin ellas, no sé a qué NY voy a volver... Quizás, ahora, lo único que quiera sea quedarme. Llámalo giro de guión. O amor. Porque, a querer, a querer de verdad, aprendí no yéndome a NY.

     

     

     

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