Elogio del Juanete

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  • “No se confíe al mar quien teme al viento”, Pietro Metastasio.
    El Juanete era un chavalín muy campechano que cazaba elefantes y que llegó a ser el Rey de un país llamado Eterna Transición hasta que un día abdicó porque le dijeron que ya no se fabricaban piezas compatibles con él y... Que, nooooo, que no es este cuentito. El Juanete, con mayúsculas, es una protuberancia en el borde externo del dedo del pie que “puede volverse dolorosa a medida que la empeora y el hueso extra y el saco lleno de líquido crecen en la base del dedo gordo”. Te puede salir por genética o porque te aprietan mucho los zapatos, o por ambas razones, que no son excluyentes. También puede tocarte un Hallux Valgus propicio, como es mi caso, que te deja vivir bastante bien si sigues el protocolo de ‘zapato plano & horma ancha’ de manera estricta. Llámame apocalíptica, pero siempre he pensado que tener un juanete puede resultar muy relevante en caso de glaciación o extinción de la especie por cualquier contratiempo. Siempre añadirá variables paleontológicas interesantes cuando llegue el momento de las prospecciones arqueológicas… O si te acontece una muerte tumultuosa en el presente, que ahorras a los tuyos pasar la prueba el ADN. “Sí, agente, es ella. Proceda”. “¿Está Vd., seguro?”. “No hay duda”. “¿Seguro?... Pero si no le ha visto Vd., la cara”. “No me hace falta… Es su ¡¡Juaneteeeeee!!” 
    Le estoy muy agradecida a mi Juanete. De corazón te lo digo. Que tú me dirás que podría operármelo y acabar con eso. Vale, pero yo te apostillo lo que me aconsejó una traumatóloga hace muchos años: “Si no te duele, no te lo toques”. Frase que sirve lo mismo para una protuberancia incómoda que para cualquier aspecto de la vida con el que no sabes qué hacer. Yo lo integré. Será una señal, me dije… Mira que lo tengo años y todavía hay ratos que vigilo el lugar hacia donde apunta por si me estoy perdiendo algo. Sin ir más lejos, en parte soy juntaletras, gracias a él. Yo podría haberme dedicado perfectamente a la danza contemporánea. Lo supe en la primera clase de la escuela de Olga Poliakoff, cuando noté cómo la música y los movimientos daban vida a la musculatura y al esqueleto de aquella manera tan... ¿Sabes esos momentos que dices ‘esto es lo que quiero’?... Me duró el momento hasta que comenzaron los saltos y los equilibrios y tropecé en el espejo con la mirada de mi profesora Mamen García (al frente de la Gerard Collins en Valencia), contemplándome como se mira a un perrillo abandonado, mojado, y sin chip. “No pasa nada, tú no saltes”, me dijo. “Lo bueno es que tienes ritmo”, creo que añadió. Seguí yendo a clase, aprovechaba todo lo que podía y disfrutaba del universo que Mamen proponía, desde la técnica de “brazos y piernas caídas” del coreógrafo mexicano José Limón, a la contracción corporal surgida de la pelvis, de Martha Graham. Más algo de jazz, algo de funky, un poco de soul
    Otro día te cuento cómo fui a Nueva York una semana a escribir y a ver museos y me quedé un mes. Ahora te digo cómo cumplí en NY el sueño de bailar en la  Escuela de Danza Contemporánea de Martha Graham, en el 316 E de la calle 63  (ahora está en el antiguo estudio de Merce Cunningham). Supe que se podía asistir a clase sueltas por doce dólares y no me lo pensé. Me inscribí en una clase de nivel bajo y pasé dos de las horas más alucinantes de mi vida: con un piano en directo marcando los ritmos y no sé cuantas personas de diferentes edades y nacionalidades en el aula de la mítica coreógrafa sobre la que tanto había oído hablar. Recuerdo el ‘cepillado’ de los pies en el suelo, no recuerdo si seguí bien los movimientos que marcaban, o qué. Sé que me daba igual, que estaba tan ocupada cumpliendo un sueño que todo me parecía ligero y fácil. Fue… Salí del estudio baldada, dolorida, y sudando (era Noviembre en NY), pero con la sonrisa más grande de todo el viaje. Sólo fui una vez. Era suficiente. No quería más. Sólo necesitaba saber que había sucedido. Y me sirvió. Me sirve todavía hoy después de tantos años, para poder seguir confiando en que, a veces, ocurren esas cosas, que de la imposibilidad surge la posibilidad. Te lo quería contar hoy, que sé que te cuesta mantener la ilusión en que algo va a salirte bien después de la tralla que llevas últimamente. Por si te sirve, ya sabes. Porque es importante saberlo. 

    8 responses to “Elogio del Juanete

    1. Pues yo soy lo que soy gracias a lo que en principio me impedía (teóricamente) ser lo que anhelaba. Da igual que se llame juanete o "miedo". No es el nombre lo que importa. Seguro que cuando danzabas no te preocupabas de esas cosas que casi siempre te impiden bailar.

      Gracias

    2. Y lo que me he reído con el momento «No pasa nada, tú no saltes…». En cuántos momentos hemos sido ese perrillo abandonado, mojado y sin chip… Contigo los viernes son más viernes 😉

    3. De "la imposibilidad surge la posibilidad", esto si que es tralla, más bien metralla psicoespiritual. Me hacía falta esta frase hoy, contada así. Me lo habían explicado muchas veces en clase de filosofía, pero en tu relato suena como a cuento de hadas…de verdad y generoso. ¿Será contagiosa la fe o es algo emocional como los juanetes? En todo caso mis respetos por tus Hallux Valgus, todas las mujeres de mi familia los tienen y a todas les gusta el baile, pero se dedican a "cambiar el orden-desorden de las cosas", yo a veces quiero hacer lo mismo, pero no tengo juanetes, como mucho algún callo, y claro de bailar…. Acaso los juanetes surgen como refuerzo del pie, como si quisiéramos que el pie fuese más grande y más fuerte, para, bailar, patalear, pisar más fuerte o más suave si te duelen, o dar una patada, aunque sea al suelo como Galileo, y susurrar ¡¡¡Pero se mueve!!!,
      Si el cuerpo es el reflejo del alma o su prolongación ¿Cómo será eso de zapato plano & horma ancha? Se lo tengo que contar a mi hija que guarda como una reliquia los zapatos de ballet de su madre y los suyos. De la imposibilidad surge la posibilidad …hum
      Un artículo entrañable, me ha cambiado el día.

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