Bunrakus y Polichinelas

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    Hacen falta tres titiriteros para manipular a las marionetas en el bunraku japonés. Acompañados de un recitador y un músico que toca el shamisen, los títeres van articulando sus cuerpos y adquiriendo la vida que les insuflan sus manipuladores en un trabajo de sublime coordinación para el que deben de entrenar como deportistas de élite. “Respecto a la técnica de los manipuladores del bunraku, puede afirmarse que su dominio les ha permitido alcanzar un potencial expresivo inencontrable en ningún espectáculo de títeres de todo el planeta”. “El principal manipulador sostiene con la mano izquierda el cuerpo y la cabeza (kashira) mediante un mando que se prolonga a través del cuello de ésta. Con la mano derecha mueve el brazo derecho del muñeco. Es el encargado de los movimientos de carácter, y se llama omozukai. El segundo manipulador, el hidari zugai, mueve la mano izquierda del muñeco, mientras que el tercero, llamado ashi zugai, manipula los pies y los vestidos”. “Los manipuladores se encuentran a la vista del público, íntegramente vestidos de negro, excepto el manipulador principal que trabaja a cara descubierta. Los muñecos alcanzan un metro y medio de altura y están manipulados por la espalda, dónde se encuentra el control del sistema de hilos para mover la cabeza, los ojos, las cejas y la boca”.
     
    Estas últimas frases son del libro de Miquel A. Oltra Albiach: “Els titelles, eina d’educació literaria i intercultural”, un genial resumen de las 928 páginas de su tesis doctoral donde propone la incorporación de los títeres a los itinerarios de educación literaria e intercultural. Tuve la suerte de asistir a una clase suya sobre este tema y me fascinó descubrir un mundo que yo tenía resumido hasta entonces con el escuálido epígrafe de “Guiñol”. Al aula de la Facultad de Magisterio de Valencia vino también esa tarde Jaume Policarpo, de la compañía Bambalina, que nos demostró en directo como “cualquier objeto puede convertirse en títere si está bien manipulado”. A mi se me iba la cabeza escuchando a Miquel y a Jaume hablar desde el ámbito literario y teatral de un tema que me apasiona y preocupa con la misma intensidad: la manipulación. Enterarme de que existían tantos tipos de manipulación, dependiendo desde donde se ejerza: desde abajo, desde arriba, por detrás, desde dentro y desde lejos... Y que había tantos modelos de títeres, según sus características y usos: de dedo, de cilindro, planos, de bolsa, de guante, de media, manoplas, de varilla, de eje, de sombra, de hilo, marionetas de agua, máscaras, cabezudos, bunraku... Me atrapó el bunraku por el nombre, y por todo lo que luego he ido sabiendo y que he explicado en la primera parrafada.
     
    En aquel entonces no tenía abierto el Fémur y se me quedó la idea incrustada por algún lugar de este cerebro arado que tengo, ya sabes. Pero vino esta semana Miquel A. Oltra Albiach a “Un Pla Perfecte De Llibres”, a poner broche final a la temporada de radio con su excelente propuesta educativa, y me noté peféctamente el clonc de la idea desincrustándose de golpe. A medida que lo oía empezaba a comparar espacio escénico con espacio político y a establecer paralelismos y semejanzas con unos y con otros... Que quién era más de sombra chinas, o máscara, o cabezudos... Que quién manipularía así por detrás o desde lejos... Que cuántos manipuladores necesitaría fulanito para salir a escena... Bueno, esas cosas mías que luego te cuento aquí cuando, a lo mejor, lo que tú querías era que te dijese qué me parecía la elección de un señor muy xenófobo, con un discurso muy xenófobo, con muchas ganas de dejar Catalunya como los chorros del oro de ‘forasteros’, como candidato del PP a la Presidencia de la Generalitat. Uno que Rajoy ha dedignado (dedignar = dedo + designar), y al que la Vicepresidenta bendijo como: “político muy enérgico” sin que nadie se arrancase la camisita democrática ni preguntase quién había movido los hilos para que dicho muñeco, digo, político, debutase en el Teatrito del Gobierno. Y yo aquí, que si polichinelas y manipulaciones... No tengo perdón.
     
     

     

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